Una historia de desamor real: desde que me dejo hasta que volvi a empezar

A Javier le conocí en una discoteca de ambiente el día de año nuevo. Hacía tres años que frecuentábamos aquél local por esa fecha como buena costumbre, ya que la mayoría de mis amigos eran homosexuales y nos lo pasábamos bien. A Javier le conocí en la barra, mientras ambos intentábamos acaparar la atención del camarero, viendo que no nos hacía caso, nos miramos y riendo acabamos entablando una conversación absurda sobre el hecho de que dos heterosexuales acabasen celebrando Año Nuevo en una discoteca Gay entre otras tonterías intrascendentes que ahora no consigo recordar. El caso es que enseguida congeniamos y sin saber muy bien cómo, intercambiamos los e-mails antes de qué regresáramos con nuestro grupo de amigos.

El inicio de una historia de amor

Tardó dos días en mandarme un  mail y tres semanas, en pedirme una cita. Quedamos  para tomar un café una tarde y así, poco a poco, empezamos lo que sería una relación tranquila y afable, sin necesidad de que ninguno de los dos dijera que estábamos saliendo. Era increíble lo bien que nos compenetrábamos y lo mucho que él se estaba enamorado de mí, aún hoy no he conocido nadie que me mire de la misma manera en la que lo hacía él, con esa cara de tontos que se nos pone a los enamorados y que dicen, a riesgo de parecer aún más tonto: “eres preciosa”. Yo también le quería, aunque no era un amor loco, de aquellos que te vuelven loca y te matan de deseo, era otro tipo de amor, dulce y afable, por lo que nuestra relación siempre fue tranquila y sosegada.

Fue así como pasaron los meses…. y con ellos los años. Tres años tranquilos en los que mi única preocupación era acabar la carrera y encontrar un trabajo que me motivase. Aunque ya hacia tiempo que salíamos juntos, pocas veces habíamos hablado de vivir juntos y mucho menos de tener hijos, era extraño, lo reconozco, pero lo achacaba a la dificultad que tenía él para hablar del futuro.

Cuándo el amor se acaba

Yo siempre tuve la sensación de que si la relación se terminaba sería por mí, pues a él se le veía mucho más pendiente de mí que a mí por él, es por ello que nunca me preocupé de sus sentimientos o su correspondencia. Además, nos llevábamos tan bien que nunca discutíamos, y aunque tuviéramos pensamientos distinto, nos respetábamos por encima de todo y no intentábamos cambiar la opinión del otro. Es por ello que cuándo me mandó un sms en el móbil diciendo que “teníamos que hablar” y que “me conectase al msn”, nada me podían preparar a lo que sucedería a continuación. Javier, me explicó vía msn que quería romper conmigo, que ya no estaba enamorado de mí aunque me quería y que quería estar sólo, sí, las típicas frases comodín que se dicen cuándo no sabes como decir que has dejado de amar a la otra persona. Fueron las dos horas más horribles que recuerdo, llorando frente al ordenador, llamándole covarde y diciéndome que no había nada más ruin que dejar a tu pareja de tres años a través del chat. Por mucho que le dijera que nos viéramos para hablarlo cara a cara, me dijo que no, que no tenía ganas de verme llorar y que si acaso ya nos veríamos más adelante.

Yo no me lo podía creer, pues todo parecía ir bien en nuestra relación. Hacía un mes que nos habíamos ido de viaje juntos unos días y hacía dos semanas que me había mandado un sms diciendo que seguía locamente enamorado de mí, por no contar los besos interminables que nos habíamos dado hacía dos noches atrás, con te quieros de despedida. No entendía nada, nada cuadraba con su manera de dejarme y su manera fría de no querer saber nada más de mí.

Estuve dos días deprimida, triste y taciturna, sin salir de casa. Lo único que podía hacer era hablar por teléfono con mis amigos para decirles, llorando, que lo estaba pasando fatal. Fueron dos de los días más tristes de mi vida, pues no había nada más horrible que alguien te dejara sin explicarte el porqué, de un día al otro y sin darte tiempo a reaccionar. Era horrible pensar que ya no volvería a besar sus labios, ni a tocar sus manos, ni a muchas otras cosas que para mí se me habían antojado tan normales como el respirar. Javier había muerto para mí, pues había parte de él que ya nunca más me pertenecería, y por tanto, esa parte estaba muerta.

Me di una semana para llorarle y echarle de menos, pero a partir del séptimo día, decidí cambiar mi vida y volver a empezar. Por mucho que me costara, lo borré del msn y del facebook (no quería tener tentaciones de saber que estaba haciendo ni con quién) y escondí las dos o tres cosas que tenía suyas (por suerte tenía muy pocas), en un armario. Lo que más me costó fue esconder o borrar las fotos de la decena de escapadas y excursiones que habíamos hecho porqué no podía evitar mirarlas y recordar esos momentos en los que parecíamos tan felices.

Lo peor de una ruptura es cuándo se te agolpan los mejores momentos que habéis pasado juntos, los primeros besos, la primera vez, aquella cosa que hacía con los labios que tanto te gustaba, su manera de sonreír, el atque de cosquillas, etc. y llena de nostalgia te dices que jamás podrás a volver a amar a otra persona. Es lo más duro, vivir con el recuerdo, sabiendo que nadie ha inventado aún nada para borrar de tu memoria la huella que deja las personas que te dejan.

Tuve ataque de celos, de rabia, de desconsuelo, me había dejado sin decirme porqué y en mi cabeza no hacían más que aparecer excusas que dieran un poco de sentido a la evidencia de qué me había dejado de querer, prefería pensar que me había sido infiel o que realmente estaba deprimido y quería estar solo a tener que aceptar que no le importaba nada.

También fue duro ver como no se preocupó de mí en los meses siguientes: ni un mensaje de teléfono, ni un email: nada, como si nunca hubiera existido. Me dejó sin más, desapareciendo de mi vida para siempre.

Sin embargo, el hecho de que no estuviera presente me ayudó a empezar de nuevo y una de las cosas que hice primero fue cambiar de trabajao. Llevaba meses diciendo que odiaba mi trabajo, pero nunca lo había cambiado porque Javier era muy reacio a la posibilidad de qué me quedara en el paro y tomase una mala decisión. Ahora que estaba sola no había nada ni nadie que me prohibiera dejar atrás aquél trabajo de esclavos, por el que me pagaban muy poco, por otro, temporal pero que tenía bastante más que ver con lo que estaba estudiando.

Empezar en un nuevo trabajo, conocer gente, cambiar de vida, me ayudó a superar poco a poco la tan dolorosa ruptura. Además, durante aquella época tenía los exámenes finales, por lo que entre el trabajo nuevo y el estudio, poco tiempo tenía por compadecerme. Además la gente del trabajo era muy agradable y se prestaba a ayudarme por lo que pronto conseguí tener un círculo de amistad nuevo, con el que salíamos de vez en cuando a tomar unas copas y pasarlo bien.

Una nueva vida

En seis meses prácticamente he olvidado a Javier y no me puedo quejar de la nueva vida que tengo. Tengo un trabajo que me encanta, el cuál ya me han dicho que van a hacerme fija, y tres de mis compañeros y yo nos iremos una semana de vacaciones dentro de un mes. A veces aún lo echo de menos, no os lo negaré, pero es algo más bien testimonial y algo que tiene que ver con el recuerdo. Sin embargo, después de tanto tiempo me he dado cuenta de qué acabar era lo mejor que podíamos haber hecho pues era una relación demasiado tranquila, que poco ilusión despertaba en mí, por mucho que me diera impresión de falsa seguridad.

Aunque no tenga intención de volver a enamorarme por ahora, estoy tonteando con un chico que conocí en una de las salidas con los del trabajo, es majo, pero no despierta en mí el deseo y la inquietud que busco ahora: el poder de un amor de verdad. El tiempo dirá, por ahora lo que quiero es vivir la vida y exprimir al máximo su jugo.

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